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La jerusalén del cielo
Nuestro segundo día en Lalibela lo dedicamos a completar el recorrido por las iglesias excavadas de la roca, empezando por San Jorge, que sin duda es la iglesia cuya foto representa a ambos conjuntos, posiblemente porque no tiene la horrible cubierta que la UNESCO puso en su día para protegerlas.
Además de un conjunto monumental impresionante, las iglesias de Lalibela son un centro religioso vivo al que los peregrinos de toda Etiopía siguen acudiendo para celebrar sus fiestas. Nosotros coincidimos con la celebración de su viernes de ceniza y tuvimos la oportunidad de ver una de esas manifestaciones de fe que hacen sentir la fuerza primitiva del cristianismo que todavía se puede encontrar en Abisinia.
Ya en el camino hacia la iglesia uno puede encontrar los grupos de feligreses sentados a la sombra de algún árbol rezando y cantando sus salmos. Al llegar al recinto, las colas de hombres y, sobre todo, mujeres, envueltos en sus chales blancos, convergen hacia el estrecho paso también horadado en la roca que termina accediendo al recinto de san Jorge doce metros más abajo. Dentro los curas y diáconos se afanan repartiendo agua bendita entre los penitentes y recogiendo las ofrendas y donativos que traen para el santo.
Una pareja de ancianos reciben un verdadero baño de agua cogida con una botella de plástico por uno de los diaconos de una de las pilas bautismales llenas de aguas estancadas cubiertas por un verdín y donde casi se pueden ver nadar los gusarapos. Ella señala con una queja devota sus pies maltrechos, la piernas deformadas y la cabeza descubierta en la que puede verse su pelo corto, blanco y ralo. A su lado, el hombre insiste en la rodilla hinchada. Poco más allá un monje sentado delante de una cueva hace gestos a Lourdes para que le haga una foto. Cuando nos fijamos vemos detras el cuerpo apenas momificado de uno de los peregrinos que pidieron ser sepultados en la iglesia. Al pie izquierdo le faltan tantos dedos como dientes como a la sonrisa del monje con la que nos dice que le demos su propina. Le digo a Lourdes que la eche en la alfombra que tienen preparada para recoger donativos y vender velas para hacer ofrendas, pero el monje insiste en que se lo demos. Desde las escaleras de la iglesia otro cura que ha estado siguiendo la jugada nos señala resuelto el lugar común de lo donativos, y visiblemente enfadado le echa una bronca al monje que no pierde la sonrisa hasta que Lourdes echa su dinero a la hucha común.
A la puerta de la iglesia, la colección de zapatos es de un patetismo conmovedor. Sandalias de plástico de todos los colores y facturas, muchas apenas sujetas por algunas tiras que todavía las mantiene enteras; viejos deportivos gastados limpios para la ocasión por alguno de los ubicuos limpiabotas que uno siempre encuentra en el camino; algún zapato de mejor material pero igualmente ajado que algún señor mayor, muchas veces un cura, ha dejado algo apartado del resto de calzados; y muchos, muchos pies descalzos marcados por toda una vida de pisar los caminos más áridos, esperando su turno para poder entrar a la casa de Dios. Y junto a todos ellos, los zapatos caros de los turistas, sintiéndose solos, abandonados entre tantos humildes congéneres, asustados por que alguien los quiera robar.
Dentro de la iglesia los feligreses se hacinan en el breve espacio del coro, separado del resto de las naves sagradas por gruesas cortinas que solo los curas consagrados pueden atravesar. Las mujeres, envueltas en sus mantas de algodón blanco, estan sentadas o tumbadas en el suelo a la izquierda del altar. Algunas rezan con un lamento apenas audible. Otras miran en silencio con ojos tristes y cansado. Varias parecen dormir acostadas en el suelo con la cabeza tapada. Los hombres, siempre a la derecha de Dios Padre, rezan sentados en algunos bancos y sillas o de pie, apoyados en sus largos bastones que utilizan de muletas.
En el centro hay un cura bendiciendo a cada feligrés que se acerca a besar la repujada cruz de bronce que lleva en su mano derecha. Con su parte superior, toca la frente primero y despues le da a besar el pie, reproduciendo el gesto de sumisión y amor con el que los creyentes ortodoxos expresan su devoción. Un gesto que, junto al persignarse, realizan mecánicamente desde antes de entrar al recinto de la iglesia, besando puertas, muros, escalones, suelos, columnas, dinteles, y por fin hoy la cruz que el cura les ofrece.
Al entrar me he echado hacia el lado de los hombres buscando un pequeño hueco que queda junto a otro cura más mayor que lee concentrado su breviario. Hace un gesto para mirarme e instintivamente saco el rosario de mi madre que tantas veces me ha servido en este viaje para mostrar respeto y ganarme la confianza de alguien. Me mira a los ojos y le saludo con una leve inclinación de la cabeza que él responde con una sonrisa.
Enfrente el cura sigue bendiciendo a la cola de creyentes que pasa delante mía. De pronto parece que soy la ultima persona y el cura me hace un gesto para que me aproxime. Me acerco y me da a beaar la cruz que después me pasa por todo el cuerpo, golpeandome con fuerza con ella en la espalda, pecho, estómago y cabeza, mientras dice unas palabras que hacen sonreír a los presentes. Junto a la caja de donativos un diácono reparte ceniza con la que los feligreses se dibujan la señal de la cruz en la frente. Me acerco pero solo alcanzo a meter unos Birrs en la caja porque la ceniza se ha acabado y el diácono se marcha para coger más de los incensario.
Al terminar la ceremonia el cura mayor que me ha saludado se levanta y viene hacia mi. Sonriendo empieza a hablarme pero no entiendo nada de lo que me dice. Una chica joven nos mira sonriendo desde el suelo sentada donde está sentada. Le pregunto si habla ingles y me dice que un poco, así que le pido que me traduzca lo que el cura me está diciendo. Me cuenta que el cura es párroco de una iglesia rural cercana que necesita un nuevo techo y me pide que les ayude. Tras un momento de desconcierto, pienso en mi madre y saco dinero que le entrego en la mano en el momento que se la estrecho. Después le pido a la chica que le diga al cura que mi madre era muy religiosa, que hace tres meses que ha muerto, y que la recuerde en sus oraciones. No estoy seguro de si me entiende pero el cura me coge la mano y me dice que soy afortunado por formar parte de una gran familia cristiana.
Al salir el sol está ya alto y el calor aprieta, pero la afluencia de feligreses no afloja y el monje sentado con la momia a sus espaldas sigue sonriendo en busca de su propina.
Nosotros nos dirigimos al conjunto de iglesias que representan la Jerusalén del cielo, situadas al suroeste y al otro lado del río jordán que marca un paralelismo más con tierra santa. Subimos la ladera de una colina coronada por un viejo árbol del cuelga una gran campana. Aquí y allá grupos de feligreses rezan a la sombra de alguno de los pocos arboles que salpican esta seca tierra.
Aprovechamos uno libre para sentarnos un momento a beber agua y repasar la guía en la que se hace una breve descripción del recorrido por las iglesias. Enseguida aparece un grupo de niños que repiten la sempiterna conversación que han aprendido para hablar con los faranjiis y pedirnos "birr", monedas para una supuesta colección, bolígrafos, la botella de plástico o cualquier otra cosa. El más pequeño de ellos, que aparenta no tener más de cinco años, tiene un moco verde denso en su nariz que atrae todas las moscas que le andan por toda la cara sin que parezca importarle lo más mínimo. Yo trato de concentrarme en la lectura para no verlo pero él insiste en sonreirme a la cara.
El circuito de estas iglesias empieza por Bete Gabriel y Bete Miguel, los arcángeles guardianes del cielo. Pero la entrada está solo vigilada por un joven soldado y no se ven peregrinos marcando el camino. Le preguntamos y amablemente nos señala la fachada de San Gabriel que, como decía la guía, permite ver el trabajo de los canteros para esculpirla en la Roca.
En su interior un coro de curas entonan sus rezos dirigidos por uno más mayor, tocado por un gorro con los colores de la bandera etíope, que marca el tono y corrige a los principiantes. Entre ellos hay un par de ciegos y uno que más atento a los visitantes que a los rezos, sonríe y hace gestos para que entremos. Yo aprovecho para grabar un poco de vídeo con el IPod nano mientras Lourdes saca fotos aprovechando la buena luz y el espacio que la total ausencia de feligreses nos ofrece. Una puerta y tres altos escalones conducen a lo que suponemos Bete mikel y otra puerta opuesta a la de entrada conduce a un patio en el que parecen haber varias cuevas donde los monjes viven y dos mujeres se concentran en limpiar un cesto de cereales y nos advierten que no le hagamos fotos, después de que Lourdes ya les ha sacado una.
Volvemos sobre nuestros pasos para dirigirnos a Bete Merkurios, que en esta geografia simbòlica de la Jerusalén del cielo, representa el infierno y el purgatorio. Y como si quisieran subrayarlo, para llegar a ella hay que atravesar un largo y oscuro túnel. El joven soldado nos indica el camino y hace un gesto para acompañarnos cuando aparecen dos presurosas mujeres etíopes vestidas con sus mejores galas que también le pregunta. Lourdes se adelanta ya con su linterna encendida cuando las oigo venir tras nuestros pasos. Las espero un poco para iluminarles el camino con la mía y tras las sorpresa muestran su agradecimiento comentándole al militar el gesto. Al llegar al primer claro, me da las gracias en ingles y yo torpemente respondo que podrían ser mi abuela justo cuando Lourdes me hace caer en la cuenta de que una es mucho más joven que yo y la otra si acaso podría ser mi hermana.
El segundo tramo de túnel es realmente oscuro. Al parecer Bete Merkurios fue originalmente una cárcel y sala de justicia. Uno puede imaginarse los reos encadenados bajando al infierno por estas galerías. Nuestro cortejo avanza lentamente, Lourdes abriendo paso, detrás el militar y las dos mujeres, mientras yo con mi linterna china cierro la fila apenas dejando un hilo de luz en medio de las tinieblas. Nunca me han gustado las cuevas y mis peores pesadillas reproducen la claustrofobia que sentía en una de mi infancia en la que después de arrastrarte durante un tiempo interminable había que darse la vuelta, ponerse boca arriba con la cabeza girada para poder pasar por debajo de una piedra que tapaba la entrada. Todavía lo recuerdo con la respiración acelerada.
Cuando ya empiezo a sentir el nerviosismo salimos a Bete Merkurios por un agujero que se cierra con dos vetustas puertas. Subimos por unos escalones de piedra y le doy la mano a las dos mujeres para ayudarlas. Me vuelven a dar las gracias, mientras que una de ellas pide al guarda que llame al párroco y nos hace gestos para acompañarlas a entrar a la iglesia.
En su interior no hay nadie y casi nada. Se conservan dos frescos bastante deteriorados y algunas pinturas sobre lienzo que antes estaban sobre el pared y han tenido que ser separadas para preservarlas de la humedad. Uno de los frescos representa a los tres reyes magos con gestos y unas miradas tan expresivas que sobreviven al paso de los años. Nos sentamos a mirarlas y tratar de fotografiarlas mientras las mujeres hablan con una expresividad paralela al párroco. La más joven parece contarle que tiene problemas en un pie y hace continuos gestos señalandonos como si le explicara nuestro encuentro. Mientras tanto la mayor con el rictus casi en trance no para de hacer gestos con las manos abiertas como si quisiera mover y echarse por encima todo el aire sagrado.
Ambas siguen al cura que como respuesta a su consulta las lleva por la iglesia mostrandoles las pinturas y frescos mientras que les da sus explicaciones. Una de ella se vuelve y nos hace señales para que les sigamos. El cura les muestra una pintura bastante mediocre de Bete libanos, el santo que vino desde Alejandría donde había vivido rodeado de fieras y que solo vestía un cinturón alrededor de la cintura porque su cuerpo estaba todo cubierto con pelo. La pintura lo presenta con unos trazos gruesos e ingenuos, como si lo hubiera dibujado una mano infantil.
La historia de debre libanos es ingenua e infantil como la de tantos santos. Pero verla contada como remedio de males actuales supera la credulidad de cualquier mente contemporánea. El cura apenas parece esforzarse en adaptar la moral de la historia a la consulta concreta. Va de imagen en imagen recitando una historia que por los gestos y detalles que señala parece la explicación de un guía aburrido. La mujeres sin embargo subrayan cada detalle con gestos de asentimiento que, salpicados de ese estremecimiento interior con el que se dice sí en amárico, van creando un crecendo que parece ir a terminar en un orgasmo
místico. La mayor aprovecha cada ocasión para literalmente refregarse con cualquier imagen sagrada que termina abrazando y besando como si fuera un amante. Su cara refleja un anhelo y una tensión tan intima que turba presenciarla. De pronto como si despertara de su éxtasis nos mira y nos hace gestos para que nos vayamos mientras ellas siguen al cura que las lleva hacia una capilla apartada. No se porqué le digo a Lourdes que me parece que ambas van a tomar la comunión.
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